
No sé por qué, pero hay veces en que las noches parecen estar hechas de otra sustancia, una sustancia espesa, como una jalea de magia, o extrañamiento, o misterio.
Noches en las que uno es como nunca espectador del mundo y se siente un poco dislocado, pero increíblemente receptivo de imágenes irrepetibles, imposibles de olvidar.
Sucede en una calurosa noche de diciembre o también podría darse en algún mayo ventoso con la misma sensación: inmóviles espectadores de algo único.
Si vas en un auto tus ojos miran atentos y la cabeza quisiera salirse de ahí, si vas caminado te quedas parado de repente como fulminado de quietud y eres "todo ojos".
Son momentos que se recortan como cuadros del mundo que los rodea, que la sustancia de la noche atrapa, atrapándonos.
Y es al otro día que nos despertamos raros, como si por alguna trama inexplicable del destino, hubiéramos sido elegidos para contemplar el prodigio.