
Nunca olvido esa tardecita en el hostel "Renacer Chicheño" de la pequeña ciudad boliviana de Tupiza.
Al bajar por las escaleras ví al grupo de tres yanquees, el sombrero cow-boy, la silla en el medio del patio, la máquina rasuradora, y a Brendan sentado como en cualquier peluquería del mundo, dispuesto a aceptar el corte que su amigo quisiera hacerle.
El corte no era uno cualquiera, era uno con cresta de peluquería vanguardista.
Y me acuerdo bien de su nombre porque recordé a Brendan Fraser, y se lo dije y se rió.
Super amigables los yanquees, el peluquero hablaba hasta con las paredes y nunca abandonó su sombrero cow-boy, me regaló una moneda de cincuenta centavos argentina porque ya no le servía. Brendan mucho no hablaba ni entendía pero sonreía y el tercero sonreía de los nervios porque no entendía ni hablaba ni muuu.
Compartir. Con Brendan la idea era compartirlo todo. Compartió con nosotros la pizza que pedimos en "California", luego compartió la segunda, cuestión que compartimos con nuestros estómagos medio vacíos.
Luego en el bar pedí un trago y Brendan se unió, después prendí un cigarrillo y Brendan me dijo: "como se dice??? comm- paaar- tirrrrr....?" Si, compartir le dije y compartimos. Cuestión es que me hice de un nuevo amigo y cada vez que aparecía yo pensaba: ¿y ahora que quiere compartir Brendan?
Toda una situación.
Cuando lo ví haciendo lagartijas en la estación de tren a Uyuni, me habló de su presupuesto y señaló con el dedo hacia abajo.
Ahí entendí por que había aprendido la palabra compartir mejor que otras tantas.